Entradas para la categoría 'Cuentos menores'

Feb 07 2009

Cambio

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

El texto que había en este post ya no está, me convino y lo quité por motivos profesionales. Si alguna o alguno quisiera leerlo, le ruego me lo haga saber, un comentario sería suficiente, y se lo haré llegar personalmente.

Y a los que comentaron si quisieran saber sobre que texto lo hicieron, sin duda, hacérmelo saber y os lo haré llegar.

Muchas gracias, Y suerte a todos.

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Ene 02 2009

Un cuento

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

Soy gafe. Metí los ahorros que tenía en una empresa de inversión de alto riesgo que llevaba funcionando a la perfección dos años- pagando el cien por cien semestral- y la quebré.
Yo he perdido mis ahorros aunque eran miserables, pero hubo quien perdió mil veces más.
Cuando entré en la cuenta poniendo mi capital no quise decir nada, oculté que era cuanto me quedaba, pensando que de saberlo no me admitirían; no quise que pensasen lo que era (cada vez estoy más seguro que lo soy), les engañé y quebraron.
No voy a denunciar ni decir nada, bastante hago con aguantar la quiebra. Además si lo supiesen puede que alguno quisiera matarme.
Donde metí dinero al poco se hundió. La primera vez me pasó igual, puse una pequeña cantidad para reservar un buen local con lo poco que tenía y lo mismo, al poco bajaron las ventas, y la edificación se devaluó un cuarenta por cien – El constructor también debía- y la empresa quebró. Sin escritura resultó que presentar querella resultaba más caro que la inversión y la realidad fue que me quedé con un papel que no valía nada. Y también me lo callé.
Con las mujeres diría que igual, gafé a las dos con las que estuve. Con la primera me casé y con la segunda junté, pero ambas al poco cayeron, una en la infidelidad con uno de  mis amigos, otra –Apenas si flirteábamos- en depresión hasta que me dejó de repente un día por otro de colegas ( no quiero que se sepa, pero a los amigos que se arrimaron a todos también les tocó) diciendo a los meses que se casaban.
Laura, mi mujer, se enamoró sin más de la noche a la mañana de Alfredo un compañero de trabajo al que consideraba amigo por llevar más de un año juntos, un hombre tranquilo y maduro que pronto se separó dejando a su mujer en quiebra emocional, y a sus hijos destartalados en plena adolescencia, para vivir lo que Laura prometía como su vida plena. Le llevaba diez años pero aún con esas la embelesó y él debió pensar también que era la última oportunidad de rehacer su vida, el caso es que quedamos separados los dos matrimonios para terminar a la postre de unos años, separándose por cuestiones emocionales: no soportó el continuo deseo, y los celos, que yo siempre tomé como “bienes naturales” de mi querida Laura.
Raquel, la que fue novia, se cansó de Luis y al año de casados se enzarzaron en una cuestión sentimental que terminó en los tribunales dirimiéndose el piso que compraron juntos, los electrodomésticos, y los muebles.
Lo supe, supe que ocurriría la primera vez que los vi; supe que los había estafado de alguna manera no diciéndoles lo que les ocurre a los que se ponen a mi vera.
Y ahora no es momento de decir nada. Tengo el apartamento pagado tres meses y posibilidades de encontrar otra oficina técnica en que trabajar, en otra ciudad. Si hay una suerte es que no tengo nada por que luchar ni que defender, lo que tuve lo perdí; y me consuela que además, no podré hundir quebrar o romper nada.
De momento cualquiera puede estar tranquilo, estoy sólo y no tengo un céntimo que colocar en ningún sitio. Si algo falla por ahí, a mí que no me culpen.

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Ago 23 2008

Café amargo

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

 

Ayer se lo dije a mi mujer, estaba dispuesto a separarme, sin gritar, pero que me oyese “Me voy de casa”, y me marché.

No soporto más situaciones como esa, me siento un monigote, siempre olvida algo importante. Ayer fue el azucarero, estaba vacío y en la despensa tampoco quedaba.

Me tomé el primer café del día amargo.

Cuando se levantó, se lo dije “Me tomé el café amargo. Me voy de casa”, y como si nada, me volvió a decir lo que otras veces “Espera, bajo a comprar…”, “ No, no quiero que bajes ahora, recién levantada, además ya lo tomé ”

            Me gusta verla con enagua, más si es algo opaca como la llevaba, me hace pensar en más allá de dentro. En cualquier caso, no quiero que sin desayunar, recién salida de la cama, tenga que vestirse, y bajar por mí a la calle.

            Salí yo, me fui directo a la cafetería, a husmear el periódico.

Cuando lo dije quise que creyera que estoy harto, que los abandono “Me voy de casa” creo que se entiende, yo mismo lo creí. Pero ahora me doy cuenta que quizá ella entendió que simplemente iba a la cafetería. Eso me da rabia. Es uno de los motivos por los que a veces me voy. Ignora lo que soy capaz de hacer.

            Al terminar, cuando volví por el coche, pasé por delante del supermercado, dudé si debía pero, dejé a un lado por un momento el rencor y entré por un kilo. Se lo llevé para que tomase su colacao dulce. Y cuando se levanten, los niños. Lo dejé en la cocina sin decir nada, y me fui de nuevo. Esta vez hasta la hora de comer.

A media mañana recibí un mensaje. Creo que por eso volví, “Gracias te quiero he bajado a comprar ”, decía.

 

 

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May 19 2008

El árbol del granjero

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores


Andaba en mi misma dirección detrás de mí. Lo hizo durante al menos cuatro minutos. Ambos íbamos por la acera. Me di cuenta en una de las veces que miré atrás para ver qué había.

            A lo largo de tres manzanas anduvimos pasando por delante de variados escaparates, ropa íntima, complementos para señora y caballero, deportes, panadería, electrodomésticos, ferretería, librería, farmacia, etc.

A lo largo de las tres giró siguiéndome, la primera vez a la izquierda, la segunda a la derecha, y la tercera también a la izquierda.

            Me percaté de que andaba algo más ligera que yo porque empecé a oír el golpe de sus tacones en la acera apenas perceptibles, y cada vez los iba oyendo con mayor intensidad.

            Y me ajusté, antes de que me alcanzase o desapareciera por algún portal, en la forma de mis andares y en el porte esbelto de mi figura para que se fuese dando cuenta mientras me miraba, que ando como los hombres que saben andar por todas partes y, mientras tanto van pensando y reflexionando esperanzados en el futuro, llenos de contento íntimo seguridad y ánimo.

            Que se diese cuenta de que no soy un soez paseante casual que no sabe ni piensa más que en el trabajo, la mujer, los hijos, las fatigas, la polución o el fútbol.

Anduve con la intención de mostrar que soy caminante por encima de todo, más que pensador, igual de montaña, como de asfalto, como de arena, como de nieve ( si pudiese andar sobre el agua también lo haría), e intenté que se reflejara acompasando flexión y precisión con cadencia e intensidad en los pasos, y enderecé la espalda dándole una esbeltez elegante y discreta, aunque la cabeza mirase al suelo, al cielo, a la derecha o a la izquierda.

            Procuré que también se viese y notara en el momento en que se acercase y empezara a ver el perfil de mi rostro, la profunda armonía que tengo en el interior de mi persona entre intelecto y alma.

            Con la atención puesta en todo ello y en ella a mis espaldas como digo, noté cómo se aproximaba, y sin girar la cara moví todo lo que pude mis ojos a la derecha por la que se acercaba, para verla lo antes que pudiera, centrándome en que ya me alcanzaba.

            Fue un instante fugaz, en tres segundos me alcanzó, la miré, ella a mí no, y me rebasó. Perfectamente recuerdo que era de poca menor estatura que yo, descalza mediría uno sesenta. La falda beige hasta la rodilla, una camisa blanca, un pañuelo negro, y el abrigo marrón claro algo más largo que la falda.

            Pero no memoricé su pelo aunque sé que era castaño, en media melena hasta poco más abajo del cuello, y ondulado, ni bien sus labios aunque no eran ni finos ni gruesos, ni planos ni abultados, sólo que son carnosos y sensuales. En sus orejas no me fijé, ni en sus mejillas precisé nada, y de su frente tampoco retengo alguna relevancia.

            Sus ojos estaban invisibles bajo sus gafas, y sus cejas, y sus pestañas, sólo pude imaginarlos.

La llamé justo cuando me había adelantado dos pasos:

           -¡Señora¡ - le dije sin levantar la voz demasiado- ¿quiere comprarme un libro? “El árbol del granjero”, lo he escrito yo mismo, ¿le gustaría leerlo?

Yo llevaba un ejemplar preparado en mi mano izquierda junto a una carpeta que suelo llevar, y usé la derecha para mostrárselo intentando sonreír.

        -¿Usted lo ha escrito? - Me miró sonriendo - Se lo compro.

Dejó la cartera porta documentos que llevaba en su mano derecha en el suelo, y tomó el bolso negro que llevaba colgando para sacar el dinero.

            No soy capaz de describir la tensión de ese momento, mayor que la de escribir el libro, más concentrada por así decirlo. Sólo fui capaz de decirle, “en el interior está mi dirección e-mail por si quiere escribirme” cuando le entregué el libro.

            Me puse a temblar, cuando le devolví la moneda de cambio al billete que sacó, se percató de que mi mano temblaba y de que no era capaz de decir nada más.

            Enseguida me dio las gracias, y dijo “tengo una clase, llevo prisa; muchas gracias, lo leeré; adiós, buenas tardes. Gracias de nuevo. Le escribiré.”

            Comprendí por la cartera para documentos que no me engañaba, y bien pudiera tener esperándola a un grupo de estudiantes, adultos, niños, o jóvenes, para darles una clase.

            Tomó la iniciativa cogiendo la cartera por sus asas y dándome la espalda de nuevo siguió caminando hasta desviarse a la derecha por una calle peatonal mientras yo me quedé quieto mirando aquí y allá dejando que se alejara. Contento de haber vendido al menos uno, y de tener el dinero en mi bolsillo.

            Tres días después recibí un correo e-mail que sin presentación paso a copiarles:

            Preciado amigo escritor:

Hace unos días tuve ocasión de andar detrás de usted a lo largo de varios metros por la acera, en la ciudad ya sabe usted cuál, y me fijé en su particular manera de andar.

            Anda usted como los que no tienen otra cosa en su vida que hacer más que andar.

            Anda como si nunca fuese a parar, como si no tuviese un destino al que llegar.

Como si no viviese en ningún sitio más que en las calles de los pueblos y las ciudades o los campos, caminando.

            Anda usted como los que saben que nunca llegarán de manera definitiva a ninguna parte. Y se lo he notado, lo he visto en sus pasos. Pisa usted marcando, pareciera que señalando la inmensidad y la nimiedad, dejando huella en lo fugaz.

            Con precisión parece que coge usted el instante en sus piernas y lo fija, enmarcado aquí y ahora, y en la distancia futura.

            Me hizo reflexionar.

Le escribo para compartir la suerte que fue para mí ir detrás suya, y para darle las gracias por sus andares veraces y enigmáticos al mismo tiempo.

Respecto al libro que me vendió, lo he leído, también me hizo disfrutar y reflexionar, y quiero agradecérselo.

He pensado mucho en él, en la historia caduca del granjero frente al árbol.

Me sedujo el modo que tuvo usted de componerlo, y a través de diálogos explicar cómo, efectivamente, un granjero sin árbol nunca puede llegar a ser un granjero completo, y cómo por el contrario el árbol sigue siendo en esencia lo que es, con granjero o sin él.

            Querido amigo, le estoy agradecida por el arrebato y arrojo que tuvo, aunque temblase, en el momento en que me ofreció su libro, y sobre todo por haber tenido la suerte de disfrutar de sus andares, aunque sólo fuese unos minutos.

El adelante cuando pase de nuevo me gustaría saberlo para volver a gozar sus pasos y su porte, sin que se pare.

            Preferiría verle de incógnita, desde mi ventana, yo le diría la calle por la que le ruego se pase. Si no le importa cuando vuelva avíseme, intentaré como pueda agradecérselo. Le confieso que me aviva el alma la idea de volverle a ver caminando.

            También le agradeceré que cuando vuelva a escribir otro libro me lo haga saber, que se lo compraré.

            Muchas gracias, insisto, y hasta siempre.

            Una admiradora.”

Confieso que si tuve algún éxito fue fruto de la casualidad, de la magia caprichosa, porque mil veces caminé de igual modo intentando mostrar lo esencial de mi vida, las paradojas de mi existencia, y nunca conseguí saber si era capaz de transmitirlo a alguien. Nunca supe si alguna o alguno lo captaron.

            Sobra decir que la carta que le envié respondiendo fue efusiva, pero tuve que explicarle que no podría cumplir su deseo porque para mí el andar es como el escribir, si repito no tiene mérito, menos en solitario.

            Le dije que si volviese a pasar la avisaría para andar juntos un tramo, el que ella eligiese, que no haya andado anteriormente.

            Le aseguré que la avisaría con antelación para concretar los detalles.

Ahora, cuando pude leer la carta y contestarle, ya estaba a cien kilómetros en dirección contraria. Yo vendo mis libros viajando de ciudad en ciudad, de sur a norte y de norte a sur.

            Sobre el libro que estoy escribiendo “El vuelo del ave”, le hice saber que ella había sido la primera en pedírmelo, y le prometí que sería la primera en saberlo cuando saliese de imprenta. Y naturalmente voy a cumplirlo.

            Si la casualidad no nos vuelve a encontrar antes, en breve espero enviarle un e-mail confirmando que el libro ha salido “El ave ha volado – le diré- ya está listo. Cuando quiera se lo envío”.

            Le dije que si quería, a ella le vendería el primer ejemplar, y lo haré si me lo confirma. Prometido.

05-08

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May 13 2008

Cuento fugaz e imaginario, sobre mi labor y mi gata

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

 

Lo que me preocupa ahora es mi gata, Neska, Nesquita como la llaman mis hijos pequeños. Lo que no me deja escribir tranquilo porque no sé dónde está. Desde hace unos días no viene por el despacho a saludar y quedarse un rato.

            El blog va muy bien, creciendo de manera progresiva en los últimos meses, y el departamento editorial con pedidos al alza. En el último trimestre el número de visitantes que quieren suscribirse sigue aumentando y, como pretendíamos, consiguiendo el propósito de expandirnos no sólo en núcleos urbanos, si no a núcleos pequeños, incluso aldeas. Recibimos peticiones de suscripción desde los pueblos más alejados y olvidados de España y Latino América.

            En el resto de Europa, Asia, África, y Oceanía, entre los hispano hablantes de aquellos lugares, tenemos también un excelente comportamiento en número de suscriptores.

            El importe de la suscripción básica sigue como el primer día, cinco euros mensuales

( ocho dólares ) pagados en una o dos cuotas anuales, y eso, un precio económico y la facilidad del pago, es uno de los motivos por los que como dije, está aumentando el éxito mensualmente.

El asunto que me tiene en vilo, y que no me deja trabajar tranquilo, es que se marchó como cuando se marcha para volver, como cualquier otro día, al salir conmigo de casa, cuando abrí la puerta para salir a dar un paseo.

            Fue igual que otras veces, al despedirnos, después de decirle “ adiós Neska” me fui a mis asuntos y ella a pasear su elegancia por la manzana o por el solar contiguo como suele hacer de vez en cuando para después, dos horas como máximo, volver a casa y arañando la puerta llamarnos ” …miau, miau, miau…”

            Mis colaboradores llevan todos los asuntos al día, cuidan del funcionamiento de los pluggins, de los aspectos técnicos de correo y las descargas, del antispam que cada vez es más frecuente, de la seguridad propia y de la de nuestros lectores, así como de la contabilidad y las gestiones entre clientes y editoriales.

            Los pedidos de ejemplares impresos, de lo que también se ocupan ellos, van superando así mismo cada mes al anterior, desde hace ya un tiempo.

            Confieso que lo único que ahora no me deja escribir, me preocupa, y mantiene inquieto es la gata, ¿ dónde se habrá metido, me la habrán robado? Si fuese eso ruego para que esté en buenas manos, bien acogida, que la cuiden y le den de comer, auque no la acaricien como hacíamos nosotros, o no la besen porque la quieren como hacen mis chicos.

            Lo demás como digo va muy bien. Ahora sólo tendría que centrarme en lo que me gusta: escribir, revisar y contestar comentarios, decidir sobre las portadas, o aceptar, porque todas son buenas, las sugerencias de maquetación para la imprenta. Y ocuparme de que no me falten ideas y modos de exponerlas para que sean bien entendidas.

            Créanme que es lo que hacía hasta ahora, darme a mis musas horas enteras en el despacho, con plena satisfacción y convencimiento, mientras la gata deambulaba con la cola levantada a su antojo, o se ponía en la estantería de madera a mi izquierda, junto a los libros de filosofía, que pareciera que son los que más le gustaban, para hacerme compañía.

            Pero ahora no puedo estar tranquilo, como digo, por causa de la felina ¿qué le habrá pasado a la pobrecilla ? Ojala que sea una cuestión animal pasajera, un gato por ejemplo, y vuelva pronto a sentarse a escribir conmigo.

            Cuando se queda sentada en la mesa, de espaldas, poniendo su rabo, gris, nebro y blanco, por delante de la pantalla del ordenador me enfado a veces, le doy con la mano y le digo “ aparta Neska, quita de ahí ” para que se vaya, pero eso no quita que ahora la eche en falta, y me haga preguntarme varias veces al día ¿ dónde habrá ido, dónde estará ?

            O esas veces que arrima la cara y sus bigotes al teclado buscando rozarme la mano para que la acaricie, y la empujo suave diciéndole “…ahora no, Neska, que estoy escribiendo…” para que me deje teclear, tampoco significa, ella también lo sabe, que no la quiera y la añore.

            Muchas veces me tomo mi tiempo en acariciarla, la oigo ronronear, me mira, y calla quedándose quieta ¿ qué pensará de mí?, me digo; mi buena Nesquita, ¿cómo estará, le ocurrirá algo malo ?

            Los registros como les contaba, los estamos haciendo ( digo estamos pero en realidad es “están” ), cada vez más simplificados, otorgamos tres tipos de registros: a contenidos del blog, a contenidos de textos añadidos inéditos, o a suscripción total, que incluye el aviso y el envío de tantos libros como editemos, sin el incordio del reembolso. Con transacciones on-line por transferencia. La categoría estrella que ofrecemos es la suscripción que llamamos “ Todo” y que tiene además una garantía personal de devolución.

            A los suscriptores “ Todo” se les concede por sólo serlo, el crédito de la lectura; si después de leerlo quieren devolverlo, lo garantizamos, y ahí si me incluyo con potestad final.

            Si alguien me dice que no le gustan esos escritos míos, ordeno que se les devuelva el dinero y se les recoja el libro o los libros. Pero en es sentido no hemos tenido ningún problema.

            Mi gata, caramba, mi gata es la que ahora, estos dos últimos días, me lleva de cabeza, me quita el sosiego, y me interrumpe el sueño. La imagino llamándome desde algún sitio impreciso, maullando “…miau, miau, miau…” y pienso que es porque no tiene pareja, porque no está con un gato, y eso, eso es lo que más me preocupa, que esté sola y perdida.

            Mi buena gata, ahora que todo iba de maravilla, me hace estar preocupado e impaciente esperando oírla llegar al portal, pendiente de si oigo sus patas golpeando la puerta o con maullidos llamándome como acostumbraba a hacerlo “ miau, miau, miau…”.

            Salgo a buscarla dos o tres veces al día, doy vueltas por el pueblo, me acerco al puerto, o recorro los solares y bancales del otro lado de la calle. A veces grito si no veo vecinos cerca “ Neskaaaaaa, Neskaaaaaa” y espero por si parece, pero nada.

            Otro día espero que aparecerá, quizá mañana o pasado, y entonces, podré sentarme y escribir tranquilo, todo el tiempo que precise.

            Aunque le tenga que empujar y decir “ahí no Neska, la impresora no es para sentarse…vete, busca otro sitio, hala, quita de ahí…”, me gusta que esté cerca, merodeando mis folios, andando sobre la mesa, pisando los bolígrafos, o tumbándose dejando la cabeza rozando el ratón…Mi buena Neska.

( Dedicado a una colega que dice que no escribo nada serio )

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Nov 13 2007

El más rápido

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

Mi tío Alan me dejó una cicatriz que ahora, treinta años después, aún puede apreciarse en mi antebrazo derecho, poco más abajo del codo. Fue un tarde de Domingo, frente a la cabaña que mi padre tenía en el rancho.

            Yo tenía catorce años, y por aquel entonces acostumbraban a venir de vez en cuando mis tíos Alan y Eliades. Yo salía a esperarlos, subía a una loma cercana y desde allí, sentado junto a un peñasco que había, vigilaba hasta verlos aparecer. Por el camino la estela de polvo que levantaba el trotar de los caballos señalaba de lejos, por donde iban. Cuando los veía aparecer gritaba y hacía una señal avisando, para que mi padre supiese que llegaban. Mi padre era feliz cuando venían sus hermanos a pasar el día con él. Después de la comida se sentaban en la mesa del porche con tres vasos, una botella de tequila, y una baraja de naipes. Cada uno traía una botella y además, de la despensa siempre salía alguna otra que estaba guardada. Mientras ellos charlaban, bromeaban y jugaban al póquer, yo montaba sus caballos: “ Oronegro” el de mi tío Alan, y “ Poncho” el de mi tío Eliades que tenía el color exacto de la miel, y una franja de pelo blanco en cada una de las patas, como si fuesen brazaletes.

            Aquel día tío Alan quiso hacernos una exhibición de sus habilidades con el látigo. Muchas veces había hecho actuaciones en público ganándose un dinero con ello, y se afamaba de ser el más rápido en su manejo. Él decía que a distancia de su cuerda no temía estar frente a otro con un revolver. Ese día hizo varias demostraciones, tiró una carta de la mesa al suelo, y con dos golpes, uno de ellos al aire, la dejó de nuevo sobre el tapete.

            Mi padre se dejó sacar el sombrero sin ningún percance, mi tío Eliades dejó también que su hermano le sacase el arma de la cartuchera de un disparo de látigo, cayendo al suelo después de volar por los aires, sin que a él le dañase ni le tocase un ápice. Asombrado por lo que era capaz de hacer y hechizado por la rapidez y atino, le reté pidiéndole que me dejara dispar a darle con el arma descargada, y que él tratase de impedirlo.

            Todos aceptaron y pronto estuve frente a él, separado cinco o seis metros. El tenía el sol a su derecha, casi dándole en la espalda, y yo lo tenía a mi izquierda, bajo y sin molestarme.

            En un instante supe que iba a vencerme. Lo vi en la sonrisa abierta bajo sus ojos azules, mostrando los dientes, tranquilo y contento. Sólo los que saben que van a vencer pueden sonreír como él sonreía. En su frente, bajo el sombrero negro, se dejaban ver mechas de su pelo rubio, y la melena corta por detrás del cuello.

            Él aceptó que estuviésemos ambos erguidos, yo con mi cartuchera abierta y mi mano derecha casi pegada a mi pierna, y él con su látigo extendido a la altura de su pie derecho, en el suelo. Aún no lo puedo entender pero cuando levanté la mano rápido, empuñé la culata, y tiré del arma para sacarla sentí un golpe impactante, un tremendo calambre que me hizo que soltar el revolver de forma instantánea.

            No logro explicar cómo lo hizo, cómo pudo hacerlo, pero juraría que el látigo saltó antes de que él pudiera tocarlo. Tal como se agachó de súbito la cuerda estaba golpeándome el brazo.

    El dolor fue muy intenso pero no dejó mayor herida que la marca. Dolió, era necesario que doliera, todos lo sabíamos, y me animaban a superarlo y se condolían conmigo. Mi tío Alan me abrazó fuerte…” piensa primero, no te la juegues contra el más rápido si no estás seguro ” dijo.

            Desde entonces lo que más recuerdo de mi cicatriz es ese momento. Sonriente como los vencedores, abrazándome con cariño, y repitiendo…” no apuestes contra el más rápido si dudas ”

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Oct 31 2007

Tipo Flaco, segunda entrega

Publicado por Ciertamente en Cuentos menores

(Leer la primera entrega)

II
Aquella noche que se cometió el robo por el que buscaban a Flaco, lo tenían todo planeado y previsto, lo harían entre los tres :Cortés, al que le llamaban “Sapo”, Juan José que le llamaban “Jota” y Cristóbal, que le llamaban “Tobo”.
Estaba elegido el lugar, en las afueras del pueblo en una nave que servía como almacén de distribución de mercancías.

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