Andaba en mi misma dirección detrás de mí. Lo hizo durante al menos cuatro minutos. Ambos íbamos por la acera. Me di cuenta en una de las veces que miré atrás para ver qué había.
A lo largo de tres manzanas anduvimos pasando por delante de variados escaparates, ropa íntima, complementos para señora y caballero, deportes, panadería, electrodomésticos, ferretería, librería, farmacia, etc.
A lo largo de las tres giró siguiéndome, la primera vez a la izquierda, la segunda a la derecha, y la tercera también a la izquierda.
Me percaté de que andaba algo más ligera que yo porque empecé a oír el golpe de sus tacones en la acera apenas perceptibles, y cada vez los iba oyendo con mayor intensidad.
Y me ajusté, antes de que me alcanzase o desapareciera por algún portal, en la forma de mis andares y en el porte esbelto de mi figura para que se fuese dando cuenta mientras me miraba, que ando como los hombres que saben andar por todas partes y, mientras tanto van pensando y reflexionando esperanzados en el futuro, llenos de contento íntimo seguridad y ánimo.
Que se diese cuenta de que no soy un soez paseante casual que no sabe ni piensa más que en el trabajo, la mujer, los hijos, las fatigas, la polución o el fútbol.
Anduve con la intención de mostrar que soy caminante por encima de todo, más que pensador, igual de montaña, como de asfalto, como de arena, como de nieve ( si pudiese andar sobre el agua también lo haría), e intenté que se reflejara acompasando flexión y precisión con cadencia e intensidad en los pasos, y enderecé la espalda dándole una esbeltez elegante y discreta, aunque la cabeza mirase al suelo, al cielo, a la derecha o a la izquierda.
Procuré que también se viese y notara en el momento en que se acercase y empezara a ver el perfil de mi rostro, la profunda armonía que tengo en el interior de mi persona entre intelecto y alma.
Con la atención puesta en todo ello y en ella a mis espaldas como digo, noté cómo se aproximaba, y sin girar la cara moví todo lo que pude mis ojos a la derecha por la que se acercaba, para verla lo antes que pudiera, centrándome en que ya me alcanzaba.
Fue un instante fugaz, en tres segundos me alcanzó, la miré, ella a mí no, y me rebasó. Perfectamente recuerdo que era de poca menor estatura que yo, descalza mediría uno sesenta. La falda beige hasta la rodilla, una camisa blanca, un pañuelo negro, y el abrigo marrón claro algo más largo que la falda.
Pero no memoricé su pelo aunque sé que era castaño, en media melena hasta poco más abajo del cuello, y ondulado, ni bien sus labios aunque no eran ni finos ni gruesos, ni planos ni abultados, sólo que son carnosos y sensuales. En sus orejas no me fijé, ni en sus mejillas precisé nada, y de su frente tampoco retengo alguna relevancia.
Sus ojos estaban invisibles bajo sus gafas, y sus cejas, y sus pestañas, sólo pude imaginarlos.
La llamé justo cuando me había adelantado dos pasos:
-¡Señora¡ - le dije sin levantar la voz demasiado- ¿quiere comprarme un libro? “El árbol del granjero”, lo he escrito yo mismo, ¿le gustaría leerlo?
Yo llevaba un ejemplar preparado en mi mano izquierda junto a una carpeta que suelo llevar, y usé la derecha para mostrárselo intentando sonreír.
-¿Usted lo ha escrito? - Me miró sonriendo - Se lo compro.
Dejó la cartera porta documentos que llevaba en su mano derecha en el suelo, y tomó el bolso negro que llevaba colgando para sacar el dinero.
No soy capaz de describir la tensión de ese momento, mayor que la de escribir el libro, más concentrada por así decirlo. Sólo fui capaz de decirle, “en el interior está mi dirección e-mail por si quiere escribirme” cuando le entregué el libro.
Me puse a temblar, cuando le devolví la moneda de cambio al billete que sacó, se percató de que mi mano temblaba y de que no era capaz de decir nada más.
Enseguida me dio las gracias, y dijo “tengo una clase, llevo prisa; muchas gracias, lo leeré; adiós, buenas tardes. Gracias de nuevo. Le escribiré.”
Comprendí por la cartera para documentos que no me engañaba, y bien pudiera tener esperándola a un grupo de estudiantes, adultos, niños, o jóvenes, para darles una clase.
Tomó la iniciativa cogiendo la cartera por sus asas y dándome la espalda de nuevo siguió caminando hasta desviarse a la derecha por una calle peatonal mientras yo me quedé quieto mirando aquí y allá dejando que se alejara. Contento de haber vendido al menos uno, y de tener el dinero en mi bolsillo.
Tres días después recibí un correo e-mail que sin presentación paso a copiarles:
Preciado amigo escritor:
Hace unos días tuve ocasión de andar detrás de usted a lo largo de varios metros por la acera, en la ciudad ya sabe usted cuál, y me fijé en su particular manera de andar.
Anda usted como los que no tienen otra cosa en su vida que hacer más que andar.
Anda como si nunca fuese a parar, como si no tuviese un destino al que llegar.
Como si no viviese en ningún sitio más que en las calles de los pueblos y las ciudades o los campos, caminando.
Anda usted como los que saben que nunca llegarán de manera definitiva a ninguna parte. Y se lo he notado, lo he visto en sus pasos. Pisa usted marcando, pareciera que señalando la inmensidad y la nimiedad, dejando huella en lo fugaz.
Con precisión parece que coge usted el instante en sus piernas y lo fija, enmarcado aquí y ahora, y en la distancia futura.
Me hizo reflexionar.
Le escribo para compartir la suerte que fue para mí ir detrás suya, y para darle las gracias por sus andares veraces y enigmáticos al mismo tiempo.
Respecto al libro que me vendió, lo he leído, también me hizo disfrutar y reflexionar, y quiero agradecérselo.
He pensado mucho en él, en la historia caduca del granjero frente al árbol.
Me sedujo el modo que tuvo usted de componerlo, y a través de diálogos explicar cómo, efectivamente, un granjero sin árbol nunca puede llegar a ser un granjero completo, y cómo por el contrario el árbol sigue siendo en esencia lo que es, con granjero o sin él.
Querido amigo, le estoy agradecida por el arrebato y arrojo que tuvo, aunque temblase, en el momento en que me ofreció su libro, y sobre todo por haber tenido la suerte de disfrutar de sus andares, aunque sólo fuese unos minutos.
El adelante cuando pase de nuevo me gustaría saberlo para volver a gozar sus pasos y su porte, sin que se pare.
Preferiría verle de incógnita, desde mi ventana, yo le diría la calle por la que le ruego se pase. Si no le importa cuando vuelva avíseme, intentaré como pueda agradecérselo. Le confieso que me aviva el alma la idea de volverle a ver caminando.
También le agradeceré que cuando vuelva a escribir otro libro me lo haga saber, que se lo compraré.
Muchas gracias, insisto, y hasta siempre.
Una admiradora.”
Confieso que si tuve algún éxito fue fruto de la casualidad, de la magia caprichosa, porque mil veces caminé de igual modo intentando mostrar lo esencial de mi vida, las paradojas de mi existencia, y nunca conseguí saber si era capaz de transmitirlo a alguien. Nunca supe si alguna o alguno lo captaron.
Sobra decir que la carta que le envié respondiendo fue efusiva, pero tuve que explicarle que no podría cumplir su deseo porque para mí el andar es como el escribir, si repito no tiene mérito, menos en solitario.
Le dije que si volviese a pasar la avisaría para andar juntos un tramo, el que ella eligiese, que no haya andado anteriormente.
Le aseguré que la avisaría con antelación para concretar los detalles.
Ahora, cuando pude leer la carta y contestarle, ya estaba a cien kilómetros en dirección contraria. Yo vendo mis libros viajando de ciudad en ciudad, de sur a norte y de norte a sur.
Sobre el libro que estoy escribiendo “El vuelo del ave”, le hice saber que ella había sido la primera en pedírmelo, y le prometí que sería la primera en saberlo cuando saliese de imprenta. Y naturalmente voy a cumplirlo.
Si la casualidad no nos vuelve a encontrar antes, en breve espero enviarle un e-mail confirmando que el libro ha salido “El ave ha volado – le diré- ya está listo. Cuando quiera se lo envío”.
Le dije que si quería, a ella le vendería el primer ejemplar, y lo haré si me lo confirma. Prometido.
05-08