Jun 27 2009
Nadar y escribir bien
Me gusta nadar a veces largo, ir hasta las boyas a doscientos metros, rebasarlas y volver. Aguanto bien, nado braceando de espaldas o de lado, con la cara hacia delante de forma corriente, o con la cabeza sumergida, sincronizando la respiración, con los brazos como aspas; o me tiendo a descansar mirando al cielo, brazos y piernas abiertos y manos hacia arriba con los dedos estirados; la visión amarilla de los rayos solares bajo los párpados, y el sabor del mar en los labios que las olas me dan a probar.
Pero a veces que voy a la plataforma, a cincuenta o sesenta metros, a tumbarme o sentarme con los pies en el agua, estoy bien, lo disfruto, pero hay algo, aunque me convenga a veces, que no me gusta: ¡no tengo con qué escribir!
Intento formar letras en el agua, con el índice o el pie, pero son instantáneas pérdidas, no lo consigo.
Y me cuesta estar demasiado tiempo, allí quieto.
A veces con medio pie metido juego haciendo recorridos, trazos: en mayúsculas la L, la O, la A, me conforto con imaginar que escribí algo, y me quedo otro rato.