May 17 2009
A propósito de una sugerencia
Justamente aquí lo tengo: El tren, de Raymond Carver
EL TREN
Dedicado a John Cheever
La mujer se llama Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con
una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la
vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas
caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle
comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.
-¡Ni un movimiento! – dijo.
Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que
pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego
guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.
Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La
taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacía, delante de
la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el
hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero
estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió
por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido
del tren.
La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y
vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca
de seda; la otra era una mujer que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un
vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado pero ninguno de los dos
llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente
sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como
si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano pero Miss Dent no
percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían
cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces
todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido
demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera
decirles algo de su situación y lo que debían hacer a continuación.
Miss Dent también miró el reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase
el horario de salida y llegaba de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que
fuera necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la
llevaría lejos de aquel sitio.
-Buenas tardes – le dijo el anciano a miss Dent.
Lo dijo, pensó ella, como si se tratara de una tarde de verano normal y él fuese un anciano importante que llevara zapatos y esmoquin.
-Buenas tardes - contestó miss Dent.
La mujer de vestido de punto la miró de un modo calculado para darle a entender
que no se alegraba de encontrarla en la sala de espera.
El anciano y la mujer se sentaron en un banco al otro lado de la sala, justo
enfrente de miss Dent. Miró cómo el anciano se estiraba un poco los pantalones,
cruzaba las piernas y empezaba a mover el pie, convenientemente enfundado en su
calcetín. El anciano sacó un paquete de cigarros y una boquilla del bolsillo de la camisa.
Luego buscó en los bolsillos del pantalón.
-No tengo lumbre –dijo a la mujer.
-Yo no fumo -contestó ésta. Cualquiera diría que no me conoces lo suficiente
para saberlo. Si es que tienes que fumar ella quizá tenga una cerilla. La mujer alzó la
barbilla lanzando una mirada a miss Dent. Pero miss Dent meneó la cabeza. Se acercó
más el bolso. Tenía las rodillas juntas, los dedos crispados sobre el bolso.
-Así que, encima de todo lo demás, no hay cerillas –dijo el anciano de pelo blanco.
Se registró los bolsillos una vez más. Luego suspiró y sacó el cigarrillo de la
boquilla. Volvió a meter el cigarrillo en el paquete. Guardó los cigarrillos y la boquilla
en el bolsillo de la camisa.
La mujer empezó a hablar en una lengua que miss Dent no entendía. Pensó que
podría ser italiano porque su manera rápida de hablar se parecía a la de Sofía Loren en
una película que había visto.
El anciano meneó la cabeza.
-No te sigo, ¿sabes?, vas muy deprisa para mí; tendrás que ir más despacio.
Habla inglés. No puedo seguirte –dijo.
Miss Dent dejó de aferrar el bolso y lo puso en al banco junto a ella. Miró el
cierre. No sabía exactamente lo qué debía hacer. La sala era pequeña y no le parecía
bien levantarse de pronto para ir a sentarse a otra parte. Sus ojos se dirigieron al reloj. -No puedo soportar a esa pandilla de locos –dijo la mujer, ¡Es tremendo!
Sencillamente, no puede explicarse con palabras. ¡Dios mío!
La mujer dijo esto y meneó la cabeza. Se dejó caer contra el respaldo del banco,
como agotada. Alzó la vista y miró brevemente al techo.
El anciano tomó la corbata de seda entre los dedos y empezó a manosear el
tejido. Se abrió un botón de la camisa y pasó la corbata por dentro. La mujer prosiguió,
pero él parecía pensar en otra cosa.
-Es esa chica la que me da lástima –dijo la mujer-. La pobrecita, solo en una casa
llena de idiotas y de víboras. Es la única que me da pena. ¡Y a ella es a la que hay que
pagar! ¡ No a los demás! ¡Desde luego no a ese imbécil que llaman capitán Nick! Es
completamente irresponsable, A él no.
El anciano alzó la cabeza y echó una mirada por la sala de espera. Se fijó un momento en miss Dent.
Miss Dent miró por encima de él, a la ventana. Vio la alta farola, con la luz
brillando sobre el aparcamiento vacío. Tenía las manos cruzadas en el regazo y trataba
de concentrarse en sus propios asuntos. Pero no podía dejar de oír lo que aquella gente
decía.
-Te voy a decir una cosa –dijo la mujer- la chica es la única que me interesa. ¿A
quién le importa el resto de esa tribu? Toda su vida gira alrededor del café au lait y los
cigarrillos, se su refinado chocolate suizo y de esos puñeteros guacamayos. No les
importa nada aparte de eso. ¿ Qué más les interesa? Si no vuelvo a ver a esa pandilla
otra vez, tanto mejor. ¿Me entiendes?
-Claro que te entiendo –contestó el anciano-. Naturalmente.
Descabalgó al pierna, la apoyó en el suelo, y cruzó la otra.
-Pero no te enfades por eso ahora –dijo.
-Dice que no me enfade por eso. ¿Por qué no te miras al espejo?
-No te inquietes por mí –contestó el anciano-. Peores cosas me han pasado y
aquí me tienes.
Se rió en voz baja y meneó la cabeza.
-No te preocupes por mí.
-¿Cómo no voy a preocuparme por ti? –preguntó ella- ¿Quién, si no, a va a
preocuparse por ti? ¿Esa mujer del bolso va a preocuparse por ti? Dejó de hablar el tiempo suficiente para fulminar a miss Dent con la mirada.
-Lo digo en serio, amigo mío,. ¡Pero mírate! ¡ Por Dios, si no hubiese tenido ya
tantas cosas en la cabeza, me habría dado un ataque de nervios allí mismo! Dime quién
va a preocuparse por ti si yo no lo hago. Te hago una pregunta en serio. Ya que sabes
tantas cosas, contéstame a ésa.
El anciano de pelo blanco se puso en pie y luego volvió a sentarse.
-No te preocupes por mí, simplemente –dijo-.Preocúpate por otra persona. Si
quieres preocuparte por alguien, hazlo por la chica y por el capitán Nick. Tú estabas en
otra habitación cuando él dijo: “Yo no soy serio, pero estoy enamorado de ella.” Esas
fueron sus palabras.
-¡Sabía que pasaría algo así! –gritó la mujer.
Cerró los dedos y se llevó la mano a las sienes.
-¡Sabía que me dirías algo parecido! Pero tampoco me sorprende. No, no me pilla de sorpresa. Un leopardo no muda las manchas. Nunca se ha dicho nada más cierto. Lo dice la experiencia. Pero, ¿cuándo vas a despertarte, viejo estúpido? Contéstame. ¿Eres como la mula que primero hay que darle bastonazos entre los ojos?
O Dios mío! ¿Porqué no vas a mirarte al espejo? Mírate bien, mientras puedas.
El anciano se levantó del banco y se acercó a la fuente. Se puso una mano en la
espalda, abrió el grifo y se inclinó para beber. Luego se incorporó y se limpió la barbilla
con el dorso de la mano. Se llevó las manos a la espalda y empezó a recorrer la
habitación como si estuviese de paseo.
Pero miss Dent vio que sus ojos exploraban el suelo, los bancos vacíos, los
ceniceros. Comprendió que buscaba cerillas y lamentó no tener ninguna.
La mujer se había vuelto para seguir los movimientos del anciano. -¡Pollo frito de Kentucky en el polo norte! ¡El coronel Sanders con botas y
parka! ¡ Eso fue el colmo! ¡ El acabóse!
El anciano no contestó. Prosiguió su circunnavegación de la sala y se detuvo
delante de la ventana. Se quedó allí con las manos en la espalda, mirando el
aparcamiento vacío.
La mujer se volvió hacia miss Dent. Se tiró de la sisa del vestido.
-La próxima vez que vaya a ver películas domésticas sobre Point Barrow,
Alaska, y sus esquimales norteamericanos, me lo tendré merecido. ¡Qué absurdo, por
Dios! Hay gente que haría cualquier cosa. Los hay que tratarían de matar de
aburrimiento a sus enemigos. Pero habría que haberle visto.
La mujer lanzó a miss Dent una mirada agresiva, como si la desafiara a llevarle
la contraria.
Miss Dent cogió el bolso y se lo puso en el regazo. Miró al reloj, que parecía, avanzar muy despacio, suponiendo que se moviera.
-No es usted muy habladora –dijo la mujer a miss Dent. Pero apuesto a que
tendría mucho que decir si alguien la animara ¿Verdad? Pero es usted lista. Prefiere
quedarse con su boquita decorosamente cerrada mientras otros hablan sin parar. ¿Tengo
razón? Agua mansa. ¿Así es usted? –preguntó la mujer- ¿Cómo la llaman?
-Miss Dente. Pero no la conozco a usted.
-¡Pues yo tampoco a usted! – exclamó la mujer-. Ni la conozco ni quiero
conocerla. Quédese ahí sentada y piense lo que quiera. Eso no cambiará nada ¡Pero sé lo
que pienso yo, que esto da asco!
El anciano se apartó de la ventana y salió. Cuando volvió, un momento después,
tenía un cigarrillo encendido en la boquilla y parecía de mejor humor. Llevaba los
hombros echados hacia atrás y la barbilla hacia delante. Se sentó junto a la mujer.
- En el fondo tienes suerte –dijo la mujer- . Y eso es una ventaja en tu situación. Siempre lo he sabido, aunque nadie más se diese cuenta. La suerte es importante.
La mujer miró a miss Dent y prosiguió: Joven. Apuesto ha que usted ha
cometido errores en la vida. Estoy segura. Me lo dice la expresión de su cara.
Pero usted no va a hablar de ello, pues, no hable. Deje que hablemos nosotros
pero envejecerá. Entonces ya tendrá algo de que hablar. Espere a tener mi edad.
O la suya –añadió la mujer. , señalando al anciano con el dedo pulgar- . No lo
quiera dios. Pero todo llega. A su debido tiempo todo llega. Y tampoco hay que
buscarlo. Viene solo.
Miss Dente se levantó del banco sin dejar el bolso y se acercó ala fuente. Bebió
y se volvió a mirarlos. El anciano había terminado su cigarrillo. Lo sacó de la
boquilla y lo tiró debajo del banco. Golpeó la boquilla contra la palma de la
mano, sopló el humo que había dentro, y volvió a guardarlo en el bolsillo de la
camisa. Ahora también prestó atención a miss Dent. Fijó la vista en ella y esperó
junto con la mujer. Miss Dent hizo acopio de fuerzas para hablar. No sabía por
dónde empezar, pero pensó qe `podría decir primero que tenía una pistola en el
bolso. Incluso podría decirles que aquella misma tarde había estado a punto de
matar a un hombre.
Pero en aquel momento oyeron el tren, Primero el silbido; luego, un ruido
metálico y un timbre de alarma cuando la barrera descendió sobre el paso a
nivel. La mujer y el anciano de pelo blanco se levantaron del banco y de
dirigieron a la puerta. El anciano abrió la puerta para que pasara su compañera
luego sonrió y hizo un gesto con la mano para que miss Dente saliera antes que
él. Ella llevaba el bolso sujeto contra la blusa. Salió detrás de la mujer mayor.
El tren silbó otra vez al tiempo que aminoraba la marcha; luego se detuvo delante de la estación. El foco de la locomotora se movía de un lado para otro
sobre los raíles. Los dos vagones que componían el pequeño convoy estaban
bien iluminados, de modo que a las tres personas que estaban en el andén les
resultó fácil ver que el tren venía casi vacío. Pero no les sorprendió. A aquella
hora, los que les sorprendió era ver a alguien abordo.
Los escasos viajeros se asomaban a las ventanillas de los vagones y encontraban
raro ver aquella en el andén, disponiéndose a abordar un tren aquella hora de la
noche. ¿Qué asunto les habría sacado de sus casas? A aquella hora, la gente
debería estar pensando en acostarse. En las casas de las colinas que se veían
detrás de la estación, las cocinas estaban limpias y arregladas; los lavavajillas
hacía mucho que habías con counido su función, todo estaba en su sitio. Las
lamparillas de noche brillaban en los cuartos de los niños. Unas cuantas
adolescentes estarían leyendo novelas, retorciéndose un mechón de pelo entre
los dedos. Pero las televisiones se apagaban. Maridos y mujeres se disponían a
pasar la noche. La media docena de viajeros sentados en los dos vagones
miraban por la ventanilla y sentían curiosidad por las tres personas del andén.
Vieron a una señora d mediana edad, muy maquillada y con vestido de punto de
color rosa, subir al estribo y entrar en el tren. Tras ella una mujer más joven
vestida con blusa y falda de verano que aferraba un bolso. La siguió un anciano
que andaba despacio con aire de dignidad. El anciano tenía el pelo blanco y
llevaba una corbata blanca de seda, pero iba descalzo. Los viajeros, como es
lógico, pensaron que los tres iban juntos; y tuvieron la seguridad de que, fuera
cual fuese el asunto que les tenía ocupados aquella noche, no había tenido un
desenlace satisfactorio. Pero los viajeros habían visto en su vida cosas más
extrañas.
El mundo está lleno de historias de todo tipo, como ellos bien sabían.
Tal vez no fuese tan malo como parecía. Por esa razón, apenas volvieron
a pensar en las tres personas que avanzaban por el pasillo para a encontrar acomodo: la
mujer y el anciano de pelo blanco se sentaron juntos, la joven del bolso unos asientos
más atrás. En cambio, los viajeros miraban a la estación pensando en sus cosas, en los
asuntos en que estaban enfrascados antes de que el tren parase en la estación.
El factor examinó al vía. Luego miró atrás, en la dirección en que venía el tren.
Alzó el brazo y, con la linterna, hizo una señal al maquinista. Eso era lo que el
maquinista esperaba. Giró un botón y bajó una palanca. En tren arrancó.
Lentamente al principio, pero luego empezó a tomar velocidad. Fue acelerando
hasta que una vez más surcó la campiña a toda marcha, con sus vagones
brillantes arrojando luz sobre la vía.
Raymond Carver.