Entradas del mes Abril, 2009

Abr 02 2009

Un cuento

Publicado por Ciertamente en minicuentos

No me iré todavía.

Iba despacio, el denso tráfico peatonal y rodado hacia que todos fuésemos lentos, con el embrague medio pisado, tocando freno un poco y otro poco, y otro poco más, hasta que en un cruce de calles del todo paramos; delante uno y detrás unos pocos.
En particular yo, quedé parado de tal modo que se me olvidó continuar. Charlaba mentalmente con mi mujer, así no podemos seguir, y miraba a un hombre con maletín, vestido de chaqueta y jersey oscuros, con pantalón gris, que pasaba por la acera comiéndose una ensaimada; tenía un notable bigote, blanco y cuidado.
Después me quedé absorto mirando al coche de enfrente que se alejaba, observando su matrícula blanca, con números y letras negras, tratando de adivinar de que provincia eran, y cavilando qué buscarían; iban dos, el que conducía llevaba sombrero, una mujer le acompañaba, y ambos miraban hacia los lados con notable interés, incluso a las calles adyacentes.
A los pocos segundos supongo, en plena reflexión, mi mujer no me valora, sonó un claxon que me alarmó. Recordé que debía continuar independiente de adonde fuese, a pedir subsidio, y seguí adelante levantando la mano con la palma abierta, disculpándome al de atrás por el retraso.
Miré por el retrovisor un par de veces, era un todo terreno, pero el tipo no hizo ni un gesto. Aceleré, tenía espacio, y llegué rápido a la rotonda. Él aceleró y me siguió contundente pegado a dos metros. Entré con velocidad, y giré por la segunda sin poner intermitente; él continuó curveando hasta que lo perdí de vista. Tal vez fuese un chulo con dinero y trabajo que andaba nervioso con el portátil.
Después de todo tuve suerte, encontré un sitio pintado con trazo blanco desgastado cerca de la oficina del desempleo, y aparqué gratis. Quedaba cruzar la calle, andar unos pasos, y entrar.
El tema es que en la solicitud puse la dirección de aquí, y si me voy, creo que iré una temporada a casa de mi madre, estaré a expensas de que ella me avise, y volver.
Terminé pronto, los autónomos no tenemos nada, y me informaron de una ayuda por carga familiar. Me atendieron bien y me dijeron lo que tenía que traer, declaración de renta, libro de familia, etc. Mañana quizá o pasado volveré.
Salí, y entré a tomar café en un bar cercano. Había tres hombres en una de las mesas, ( las otras seis o siete estaban vacías) uno de ellos leyendo el periódico y los otros mirando por el ventanal, y dos en taburetes separados junto a la barra, frente a una copa. Ni por un momento se me ocurrió pensar qué habría en sus cabezas, uno miraba la madera del mostrador con la cabeza inclinada, y el otro tocaba las paredes del cenicero con el cigarrillo.
Ante el ventanal pasaban muchos de los que iban y venían de apuntarse a pedir ayuda. De dieciséis, calculo, hasta setenta. Lo único que no pasaron fueron niños.

Una mujer en la barra de pelo rizado y negro me atendió.
-Dígame ¿qué le pongo?
-Un cortado.
-Enseguida, dijo, y se volvió hacia la máquina a golpearla con gana.
-No tengo prisa, tranquila, le avisé.
El mundo es lento. En el universo los planetas y los astros no dejan de moverse y girar, pero despacio, y sin prisa.
Igual no me voy todavía.
El caso es que la quiero…Y ella también a mí, cuando le pregunto me lo dice, y la creo. Es cierto.
Allí estaré pensando en qué hará. Mi madre quiere contarme sus cosas, sus apuros, cuando voy, y que hablemos mientras prepara el café y desayunamos, o en las comidas. Es natural, y saber de las mías ¿Qué le digo? ¿Cómo le voy a contar de lo que estoy harto?
Creo que volveré a hablar con ella, hay que aclarar ciertos temas, y seguir, más tranquilo. Además los chicos, mis hijos. No podré hacer tantos viajes, ir y venir a verles, o llevarlos y traerlos. No puedo gastarme lo que me queda en gasolina, cada vez trescientos kilómetros para arriba y para abajo. También lo pienso.
En la mesa seguían igual cuando me fui, salvo que había dos periódicos abiertos, y los de la barra también estaban sentados junto a la copa, solo que mirando para otro sitio.
Me despedí con un adiós de la mujer que estaba pasando la bayeta al cristal superior de una vitrina, me miro al levantarme, era el momento oportuno, y me despidió con acento y cortesía “Adiós señor”
Al pisar la acera miré el reloj, eran cerca de las once y media, tarde, pero había algo empezado. Pasada media mañana es verdad, pero no en vano.

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