Dos de las cosas que más me gusta hacer son escribir y merendar, si bien la escritura es la que menos complicación y más placer me aportan.
A veces cuando me pongo a preparar la merienda, hacerme el café con leche, tengo que fregar un vaso, o vaciar ya que estoy el lavavajillas, o peor aún, despejar el banco de la cocina de calderos, sartenes o restos. Pero eso no es todo, no pocas veces cuando vierto el café recién salido de la cafetera o la leche desde el brik, se derraman uno u otro y tengo que limpiar antes de salir a la mesa con las galletas y sentarme tranquilamente a tomarlo. Y no pocas veces cuando voy a coger la bayeta del fregadero está sucia y pringosa. Cuando estoy relajado y de buen talante, sin hacer ascos abro el grifo, echo jabón, extiendo y desenredo el paño y lo lavo frotándolo contra si mismo y contra las manos, hasta que queda limpio, con la aspereza natural del tejido, y se la puede tocar sin que se queden las manos grasientas y pegajosas. Muchas veces lo hago así, empleo cinco minutos en ello, pero al ir a sentarme a merendar la satisfacción de tener el banco y sobre todo la bayeta limpios, por una decidida y adecuada intervención mía, me hacen sentir una doble satisfacción.
Otras veces, no me importa confesarlo, el talante me traiciona o el genio me saca las malas ganas de hacer nada, y con las puntas de los dedos de una mano, evitando mancharme las palmas, la cojo y la paso por donde cayó el líquido, y tal como la cogí la tiro de nuevo al fregadero, más sucia que antes, encima de lo que haya.
Cuando escribo sin embargo no ocurre nada de eso, con una ceremonia sencilla, tomar el portátil, la carpeta con folios, y dos bolígrafos, me voy al balcón o al despacho y nada hay que me moleste, ni manche, ni disturbe, ni obligue. Escribo lo que quiero y muestro de ello lo que me da la gana, disculpen la expresión que parece jactanciosa, sin nadie me pida ni impida y sobre todo, lo que más me gusta, mientras lo hago el apetito va aumentando. Después de varias horas de escribir vuelvo a pensar en la cocina y en el alimento.
También es verdad que me gusta hacer la cena, y eso sí, mantengo una dinámica muy distinta a la que empleo en la merienda. Cuando hago la cena antes de empezar propiamente a manejar la comida, me empleo en la limpieza previa, despejo el banco, limpio la bayeta y la paso si quedó manchado de la merienda, vacío o lleno el lavaplatos, friego lo que haya quedado en el fregadero, y una vez todo ordenado aseado y despejado, me pongo a elaborar los alimentos.
Reconozco que vivir así, merendando bien, cenando y escribiendo, es una suerte que puedo disfrutar y una dicha que algunos no saben ni pueden aprovechar.
Pero sobre todo, al margen de la comida, lo más hermoso que me ocurre es sentarme con la pantalla o los folios en blanco, e ir vertiendo, sin manchar, ideas o sentimientos que limpios o sucios, ni pringan ni dejan manchan.
Hay otros menesteres, y ya termino, que también producen placer y bienestar, en los que aunque se vierta, se ensucie incluso pringue, la madre naturaleza los hizo incuestionables, y saludables, cuando no indispensables. Pero esos merecen otro tratamiento.
Termino ya pero quiero aclarar que en mi caso, tanto los placeres como los sinsabores, cuando los escribo, cuando los intento narrar, ganan y nunca pierden.
El sabor que dejó ya lo tomó el cuerpo o el alma, el corazón o el cerebro, pero al escribirlos, quedan presentes y tal vez frescos para que de nuevo de alguna manera, vuelvan y nos alimenten o nos animen. La comida o el beso de ayer nos dejarán cuanto poco un recuerdo, y de tenerlo escrito, sin duda nos ayudará y será un aliciente para ir de nuevo a buscarlo.