es complicado se necesita alguien tan difícil como yo para comprenderlo y poder resolverlo, y eso, esa exigencia lo tuerce y lo dificulta completamente todo.
Yo sólo me aclaro bien, o sea, sólo yo me aclaro bien. Que soy suficiente para entenderme bien quiero decir, que conmigo me basto.
Que tengo razones y explicaciones que ofrecerme para entenderme sólo ¿Me explico, entienden lo que quiero decir?
Que sólo yo, con mis cavilaciones, tengo suficiente para entenderme a mí, y al resto de congéneres, eso quería decir, que cavilando me entiendo y aclarándome me aconsejo bien, yo sólo, a mí mismo.
Una cena sencilla y sabrosa.
Para dos por ejemplo, necesitaremos dos pechugas, un huevo, medio ajo, un poco de perejil, sal, pan rallado, aceite para freír, sartén y fuego.
Empezaremos por batir el huevo en un plato hondo o cuenco mediano (dos huevos para cuatro o cinco pechugas), y añadirle el ajo muy bien picadito, el perejil picado, y una pizca de sal. Batiremos todo junto para que la mezcla sea homogénea.
Después, con un buen cuchillo filetear la pechuga (o comprarlas fileteadas). Será suficiente sacar dos filetes de cada una; echarles un poco de sal y ponerlas en el batido, bien mezcladas, a macerar un par de horas.
Si queremos podemos darle una vuelta, a lo largo de ese tiempo, para que la mezcla inunde bien la carne.
A continuación para terminar, pasaremos las pechugas por abundante pan rayado, empanaremos bien, y freiremos en abundante de aceite sin excesivo fuego, no sea que quede dorada por fuera y cruda por dentro.
Acompañada de salsa de tomate (¡Natural por favor, tomate frito, no Ketchup¡), y patatas fritas, o sola, resulta una carne jugosa y sabrosa. Y tiene una ventaja, que se conserva igual de buena tanto a las horas, como al día siguiente. Además, se come bien en frío.
Y además, muy además, suele gustar a los adultos como a los niños.
Inflexión reflexiva sobre una hormiga negra que recorría una noche de verano, a la luz de una farola, en sentido horizontal el perfil longitudinal superior, de ocho milímetros de grueso, de una viga de acero doble te, de treinta centímetros de altura y más de cuatro metros de larga, cavilando si le cupiese, sobre qué es más importante la suavidad, o la dureza.
Parecía que el contacto de las patitas con el áspero metal frío y de las antenas con el caliente éter, la hiciesen dudar y se lo preguntase, mientras buscaba desorientada semilla o grano, u otra hormiga o el hormiguero ¿De qué fiarse de la dura viga o del aire blando?
Por momentos se paraba, giraba noventa grados, y se quedaba con la cabeza hacia abajo mirando al suelo, a casi un metro, pareciera que para tirarse, pero moviendo la cabecita y frotándose las patitas, dudaba, y seguía andando.
Cuando me alejé estaba por la mitad de la viga en la misma dirección que tenía cuando subió por un extremo. Diría que no entendía, que iba perdida, continuamente dudando.
A veces el ordenador parece tonto, estoy en una aplicación que falla y sale un cartelito así o similar: “No se puede continuar con la ejecución. Se ha encontrado el error 797 ¿Quiere usted que yo mismo lo repare?”
Es como si el coche me dijese por sus altavoces con metálica vocecilla: “Tengo un fallo en el freno ¿Quiere que repare el fallo del freno? Si quiere por favor pulse sí.”
¿Qué dirían ustedes? ¡Naturalmente que es tonto¡
¿No tienes un fallo? ¡Pues no pierdas tiempo en preguntas inútiles, ya que puedes, arréglate a ti mismo sin perder un instante¡
¿Cómo demonios siendo tan listos son tan tontos?
Es como si pudiendo uno resolver un inconveniente propio, no lo resolviese porque depende de la decisión de otro ¡Es absurdo¡
Con tono suave la llamo y me oye. Si estamos acostados, o dormida en sueños, o entrando en el colegio, o a media mañana en la cocina, si digo “Alma” se vuelve y mira sonriendo.
Si me despierto de madrugada y con voz floja la llamo, me escucha. Hace un giro, un movimiento y contesta “¿Qué?” yo digo “Nada. Un beso” y continúa durmiendo.
En sueños también, si la veo la llamo, y mira hacia donde estoy “¿Qué?” pregunta, y yo contesto “Nada. Quería saber que me oías…” dejando que todo transcurra.
En el barullo del colegio, cuando los niños entran, poco después de las nueve, en medio de la algarabía, la llamo y en un instante se vuelve “Qué, ya nos vamos…ven” dice. “No hay prisa, te espero” respondo.
O en la cocina, si le digo “Alma. Dame un beso”, hace un alto olvidando el quehacer, y toma con las manos mi cuello para dármelo.
Muchas veces, aún así, en el desvelo, no digo nada por no despertarla, me quedo callado y le acaricio la espalda, o los brazos o el pelo, a veces rezando, mientras ella sigue durmiendo. Sé que si la llamo, si pronuncio su nombre, responde.
Ha pasado de quererlo incinerado de súbito en un instante, a quererle entregar el resto de la vida, amor mío no faltes.
De querer regalarle el resto de los días, a desearle desaparecido de inmediato para siempre, una vez y otra y otra…Tantos años.