Dice mi maestro que si no estudio, ni me esmero en aplicar lo que aprendo, ni leo, no hace falta, de momento, seguir con más clases.
Además la presentación. “Tiene que cuidar la presentación, no se debe servir un buen vivo en una copa manchada…No mira usted las copas antes de servir a sus invitados?
Estudie lo anterior, haga borradores, señale, analice. Léalo detenidamente, fíjese bien lo que dicen algunos autores sobre cada tema. Piense”. Me dice.
A veces me entran ganas de hacer una novela a sus espaldas, escribirla en un mes y cuando nos volvamos a encontrar decirle…”Tome. Ahí tiene lo que hice”, un premio nacional naturalmente. Me dan ganas de presentar una novela ejemplar.
Eso debía hacer, obedecerle por una parte (estudiar y leer) y escribir una novela por la otra, por un lateral. Entre tiempos.
La verdad es que no sé cómo se escribe una novela. No hemos llegado a eso todavía, “Si quiere en los próximos meses trataremos de ello. Si decide usted hacer los deberes, aprender, y seguir escribiendo, entonces”.
Me pregunta “¿Sigue queriendo hacerlo?” y le miro extrañado ¿Acaso no sabe que lo necesito? ¿Qué clase de maestro es éste que no se da cuenta? “Si quiere –prosigue- tiene que emplearse, no puede perder el tiempo. Tiene que fijarse y borrar lo que sobra en los textos. Para qué escribe “iban dos”, cuando después abre un diálogo entre dos personajes que están solos. Para qué la palabra dos, cuando todos sabremos al leerlo que era una pareja.
Quite lo que sobra, lo que no es indispensable. No tape las entrelíneas con palabras. Fíjese”, insiste.
Quizá, aún así, empiece la novela. Trace unos capítulos. Tome datos de algún personaje, busque unos escenarios, etc. Cuando nos volvamos a encontrar le diré…”Mire lo que hice…he trazado una novela…¿Qué le parece, quiere leerla? Al final mueren dos. De momento en un tiroteo, uno recibe un balazo mortal en el corazón, y el otro en la cabeza. Pero sólo se sabe al terminar.
Confieso que le profeso admiración. Me invita al humor muchas veces, ” El humor hace la vida sencilla” No sé, sin sus clases, cómo hubiese aprendido que es muy importante, al escribir, tener en cuenta las técnicas, pero sobre todo, el incidir en lo esencial, el gesto o la mirada que marca lo diferencia del resto, el matiz universal por el que todos sabremos qué siente el personaje, y cómo son los hechos. Sin estorbos.
“Incida y precise”, insiste. A veces me sentencia. “Escriba sin miedo. Sea inmoral. Diga lo que ocurre y cómo ocurre sin coartar al personaje, ni al narrador. Quítese el miedo de encima y no apriete a quien habla, déjelos libres”.
A mí, que siempre he sido un poco miedoso, estos encargos me pillan de espaldas. Sé lo que hay detrás, pero temo girarme, aún siendo aire. No hubieron pasos, ni ruidos. Aún estando solo, dudo si mirar.
También haré cuentos mientras tanto. Quizá aparte la novela. Mejor. Lo haré mejor, incidiré en algunos que ya tengo escritos, eso haré. Repasar. Escribirlo de otra manera, con otro tiempo y otra voz, por ejemplo. “Tiene que manejarlos –dice también- cambiarlos, reescribirlos…Un buen texto no sale sin trabajarlo. Lo hacia Chéjov ¿No lo hará usted?
Al despedirnos me da la mano y una sonrisa.
-Hasta pronto – me dice- Lea y escriba.
-Muchas gracias. Hasta pronto. Lo haré.
Me voy con mucho aprendido, y tranquilo, confiando que pronto volveremos a reunirnos.
(A mi maestro D. Antonio)