Don Iruño era asqueroso como los esputos que escupía, y mal oliente. Olía putrefacto, le envolvían olores caídos como el de los chinches aplastados, rancios como la patata podrida y ácidos, olor de ratas. Vestía de sobras, cualquiera lo notaba en el camal de sus pantalones deshilachados de arrastrarlos por calles y suelos sucios que pisaba. La chaqueta de hombros sobrados y las mangas salidas más allá de sus nudillos denotaban que no eran suyas. Llevaba la barba desarreglada de siglos.
La piel pálida, los pómulos hundidos, las mejillas y la frente arrugadas como saco de cuerda en el mar, la piel del cuello la tenía como la masa cruda de pan, blanda y amorfa. Su padre no se supo quién fue, nadie supo quién lo engendró, ni hubo madre conocida que lo pariera. Se le vio tirado en los portales y en los bancos de las plazas, deambulando amedrentado por el mercado, pudriéndose por la estación de trenes, o pidiendo que ni sabía qué pedía en las aceras, sobre cualquier fachada. Nadie sabe qué pedía.
No se puede querer esa mirada turbia que no mira nada, nadie pudo quererla y nadie la quiso de los transeúntes con los que se cruzaba; todos rechazaron lo poco que le quedaba, su confusa mirada. Nadie la resistía porque no había nada que resistir.
No tenía dientes, y apenas le quedan muelas; nada que echarse al ruinoso estómago vacío, cuando lo recogieron en última estancia las monjitas de la caridad que lo encontraron desfallecido sin un mendrugo en el bolsillo.
“ Don Iruño”, dijo que le llamaban, después de limpio, de comido y bebido, cuando confortado vino en sí, “ ¿cómo se llama usted?” , le preguntó una hermana “ Soy Don Iruño” respondió resplandeciente de pronto, sonrojado, con brillo en los ojos, levantando la afilada cara “ …Mi fábrica, cuando lleguen les pagaré todo”, “ ellos vendrán por mí ¿ no han llamado?”
Después, pocas días después dejó hablar, incluso incoherencias, “Don Iruño” decía como razón de pago, y en pocos más dejó de mirar, y respirar.