Dic 28 2007
La joyería
La joyería es uno de los empleos que conozco bien y en cuyo ejercicio y práctica he empleado más de veinte años. Digo conocido por ser previo al estadio de amado. Lo he amado también. Sólo lo que se conoce se puede amar, lo que no se conoce no se puede, y en mi caso las dos circunstancias se dieron.
Lo más hermoso de una joya es verla terminada, tenerla para contemplarla en cualquier momento. Disfrutar del color amarillo del oro, del azul de un buen zafiro, del rojo de un rubí, o del verde de una esmeralda. Amén de otras hermosas e infinitas tonalidades de piedras semipreciosas.
La vida me ha regalado el placer de conocerlo, e inevitablemente amarlo, de haber visto unos colores extraordinariamente bellos; colores, brillos y tonos que de ninguna otra manera se encuentran en la naturaleza si no en esa forma, piedra preciosa hecha gema tallada y limpia. Aseguro que después de haber visto el azul de un zafiro natural de Ceilán, del tamaño de una uña de dedo menique, y haberlo observado durante días, bajo distintas luces, entre ellas la diurna, he descubierto que aquel maravilloso color sólo podré volver a verlo en un zafiro tallado y limpio, y que el recuerdo de haberlo visto me acompaña desde entonces como un nexo de la unión amorosa que me hicieron sentir las gemas con la elaboración joyera, en este caso de los talladores de piedras y los pedreros como se les llama de manera coloquial en el gremio a los que se dedican en particular a la elección y trato de las gemas.
Cada mujer, cada hombre, debería tener una gema preciosa, elegida al gusto, para poderla admirar de vez en cuando, para dejarse cautivar de lo visible y bello sintiendo lo invisible, y soñar.