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Nov 13 2007

El más rápido

Publicado por Ciertamente at 21:25 en Cuentos menores

Mi tío Alan me dejó una cicatriz que ahora, treinta años después, aún puede apreciarse en mi antebrazo derecho, poco más abajo del codo. Fue un tarde de Domingo, frente a la cabaña que mi padre tenía en el rancho.

            Yo tenía catorce años, y por aquel entonces acostumbraban a venir de vez en cuando mis tíos Alan y Eliades. Yo salía a esperarlos, subía a una loma cercana y desde allí, sentado junto a un peñasco que había, vigilaba hasta verlos aparecer. Por el camino la estela de polvo que levantaba el trotar de los caballos señalaba de lejos, por donde iban. Cuando los veía aparecer gritaba y hacía una señal avisando, para que mi padre supiese que llegaban. Mi padre era feliz cuando venían sus hermanos a pasar el día con él. Después de la comida se sentaban en la mesa del porche con tres vasos, una botella de tequila, y una baraja de naipes. Cada uno traía una botella y además, de la despensa siempre salía alguna otra que estaba guardada. Mientras ellos charlaban, bromeaban y jugaban al póquer, yo montaba sus caballos: “ Oronegro” el de mi tío Alan, y “ Poncho” el de mi tío Eliades que tenía el color exacto de la miel, y una franja de pelo blanco en cada una de las patas, como si fuesen brazaletes.

            Aquel día tío Alan quiso hacernos una exhibición de sus habilidades con el látigo. Muchas veces había hecho actuaciones en público ganándose un dinero con ello, y se afamaba de ser el más rápido en su manejo. Él decía que a distancia de su cuerda no temía estar frente a otro con un revolver. Ese día hizo varias demostraciones, tiró una carta de la mesa al suelo, y con dos golpes, uno de ellos al aire, la dejó de nuevo sobre el tapete.

            Mi padre se dejó sacar el sombrero sin ningún percance, mi tío Eliades dejó también que su hermano le sacase el arma de la cartuchera de un disparo de látigo, cayendo al suelo después de volar por los aires, sin que a él le dañase ni le tocase un ápice. Asombrado por lo que era capaz de hacer y hechizado por la rapidez y atino, le reté pidiéndole que me dejara dispar a darle con el arma descargada, y que él tratase de impedirlo.

            Todos aceptaron y pronto estuve frente a él, separado cinco o seis metros. El tenía el sol a su derecha, casi dándole en la espalda, y yo lo tenía a mi izquierda, bajo y sin molestarme.

            En un instante supe que iba a vencerme. Lo vi en la sonrisa abierta bajo sus ojos azules, mostrando los dientes, tranquilo y contento. Sólo los que saben que van a vencer pueden sonreír como él sonreía. En su frente, bajo el sombrero negro, se dejaban ver mechas de su pelo rubio, y la melena corta por detrás del cuello.

            Él aceptó que estuviésemos ambos erguidos, yo con mi cartuchera abierta y mi mano derecha casi pegada a mi pierna, y él con su látigo extendido a la altura de su pie derecho, en el suelo. Aún no lo puedo entender pero cuando levanté la mano rápido, empuñé la culata, y tiré del arma para sacarla sentí un golpe impactante, un tremendo calambre que me hizo que soltar el revolver de forma instantánea.

            No logro explicar cómo lo hizo, cómo pudo hacerlo, pero juraría que el látigo saltó antes de que él pudiera tocarlo. Tal como se agachó de súbito la cuerda estaba golpeándome el brazo.

    El dolor fue muy intenso pero no dejó mayor herida que la marca. Dolió, era necesario que doliera, todos lo sabíamos, y me animaban a superarlo y se condolían conmigo. Mi tío Alan me abrazó fuerte…” piensa primero, no te la juegues contra el más rápido si no estás seguro ” dijo.

            Desde entonces lo que más recuerdo de mi cicatriz es ese momento. Sonriente como los vencedores, abrazándome con cariño, y repitiendo…” no apuestes contra el más rápido si dudas ”

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