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Oct 31 2007

Tipo Flaco, segunda entrega

Publicado por Ciertamente at 18:24 en Cuentos menores

(Leer la primera entrega)

II
Aquella noche que se cometió el robo por el que buscaban a Flaco, lo tenían todo planeado y previsto, lo harían entre los tres :Cortés, al que le llamaban “Sapo”, Juan José que le llamaban “Jota” y Cristóbal, que le llamaban “Tobo”.
Estaba elegido el lugar, en las afueras del pueblo en una nave que servía como almacén de distribución de mercancías.

Sapo conocía al hijo del dueño y dos veces había estado allí dentro con él recorriendo la nave, aprovechando para tomar nota cuidada de cuáles eran y dónde estaban colocados, la central de alarmas, las sirenas, los detectores, y los infrarrojos. Y estudiando perpetrar un robo buscó el punto débil por el que acometerlo. Encontró un pasillo descuidado al que no le llegaban los infrarrojos y en el que nada se podía captar de cuanto ocurriese. Desde ahí se accedía a unos estantes repletos de material valioso que se podría sacar con cuidado sin ser detectados. Sapo lo planeó todo, entrar rompiendo el muro en ese punto, quitar bloques para que entrase uno agachado y vaciase los estantes. Aquello valía la pena, sería suficiente para los tres, y después también sacarían dinero, sería en el momento de irse, aunque saltasen las alarmas, entrar coger la caja registradora y salir corriendo. Estaba todo planeado.
Aquella noche llevaron un coche hasta allí cerca, el auto de Tobo, al camino rural que acordaron, por el que ir hasta la casa de campo del abuelo de Sapo, donde dijo que podrían esconder todo unas cuantas de semanas. El sitio era seguro, el abuelo apenas iba algún rato y nunca subía a la buhardilla.
Con dos mazos de picar piedra y una piqueta entre los tres hicieron el agujero sin demasiadas complicaciones. La nave estaba separada del pueblo unos kilómetros y en invierno nadie dormía en las alejadas casas que por allí habían dispersadas, nadie oiría nada aunque golpeasen e hiciesen ruido.
Se llevaron ordenadores portátiles, cajas de cartuchos de tinta, impresoras, aparatos
reproductores, periféricos, cámaras digitales, y unos cuantos aparatos que ni el mismo Jota sabía.
Él mismo ayudó primero a hacer el agujero, y después, cuando ya estaba casi terminado,
yéndose a vigilar a la parte alta de la carretera, desde la que se veía cualquier luz de cualquier vehículo que se acercara, mientras Sapo y Tobo sacaban de la nave la mercancía.
Desde bien lejos lo vería. Y desde allí, no se sabe cómo ni porque, de pura rutina
quizá, apareció un coche patrulla, que distinguió por sus habituales luces azules
encendidas.
Salió corriendo hacia la nave, llamando, avisando, ¡ Sapo, Tobo¡, ¡ Que vienen, que vienen los polis, la policía ¡, ¡ Vámonos, vámonos, corred ¡¡¡
Se apresuraron los tres, corriendo, yendo hasta el auto, cargando lo que ya habían
sacado, asustados, tan deprisa que no se atrevieron a volver por la caja registradora.
Después se supo que contenía, no se sabe cuánto pero mucho dinero.
Los policías se acercaron lentos, y mirando llegaron a ver un movimiento, y mirando la
nave, enfocando con los faros del coche, llegaron a ver un hueco en el muro, unos
escombros en el suelo.
Bajaron del vehículo gritando hacia ellos, alto¡ alto¡ policía ¡ policía¡, alto¡ Deteneros ¡
El coche ya estaba en marcha, y a los guardias les era imposible llegar ni corriendo,
atravesar las dos parcelas abancaladas, que los separaban del auto allá abajo.
Entonces , para dar un falsa pista, para despistar a los polis, para engañarlos y encaminarlos, antes de irse, antes de entrar en el coche, el muy
canalla de Sapo gritó : ¡Flaco, vete¡, ¡ Flaco, que vienen ¡
Aquella noche que se cometió el robo por el que buscaban a Flaco, lo tenían
todo planeado, estaba previsto lo harían entre los tres :Cortés, al que le llamaban
“Sapo”, Juan José que le llamaban “Jota” y Cristóbal, que le llamaban “Tobo”.
Estaba elegido el lugar, en las afueras del pueblo en una nave que servía como almacén de distribución de mercancías.
Sapo conocía al hijo del dueño, y dos veces había estado allí dentro con él
recorriendo la nave, aprovechando para tomar nota cuidada de cuáles eran y dónde
estaban colocados, la central de alarmas, las sirenas, los detectores, y los infrarrojos. Y
estudiando perpetrar un robo supo cuál era el punto débil por el que poder acometerlo.
Encontró un pasillo desatendido, descuidado, al que no le llegaban los infrarrojos y en el que nada se podía captar de cuanto ocurriese. Y desde el que se accedía a unos estantes repletos de material valioso. Sapo lo planeó todo, entrar rompiendo el muro en ese punto, quitar bloques para que entrase uno agachado y vaciase los estantes. Aquello valía la pena, sería suficiente para los tres, y después también sacarían dinero, sería en el momento de irse, aunque saltasen las alarmas, entrar coger la caja registradora y salir corriendo. Estaba todo planeado.
Aquella noche llevaron un coche hasta allí cerca, el auto de Tobo, al camino rural que acordaron, por el que ir hasta la casa de campo del abuelo de Sapo, donde dijo que podrían esconder todo unas cuantas de semanas. El sitio era seguro, el abuelo apenas iba algún rato y nunca subía a la buhardilla.
Con dos mazos como de picar piedra y una piqueta pequeña entre los tres hicieron el agujero sin demasiadas complicaciones. La nave estaba separada del pueblo unos kilómetros y en invierno nadie dormía en las alejadas casas que por allí habían dispersadas, nadie oiría nada aunque golpeasen e hiciesen ruido.
Se llevaron ordenadores portátiles, cajas de cartuchos de tinta, impresoras, aparatos
reproductores, periféricos, cámaras digitales, y unos cuantos aparatos que ni el mismo Jota sabía.
Él mismo ayudó primero a hacer el agujero, y después, cuando ya estaba casi terminado,
se quedó a vigilar en la parte alta de la carretera, desde la que se veía cualquier luz de cualquier vehículo que se acercara, mientras Sapo y Tobo sacaban de la nave la mercancía.
Desde bien lejos lo vería. Y desde allí, no se sabe cómo ni porque, de pura rutina
pensaron, apareció un coche patrulla, que distinguió por sus habituales luces azules
encendidas.
Salió corriendo hacia la nave, llamando, avisando, ¡ Sapo, Tobo¡, ¡ Que vienen, que vienen los polis, la policía ¡, ¡ Vámonos, vámonos, corred ¡¡¡
Se apresuraron los tres, corriendo, yendo hasta el auto, cargando lo que ya habían
sacado, asustados, tan deprisa que no se atrevieron a volver por la caja registradora.
Después se supo que contenía, no se sabe cuánto pero mucho dinero.
Los policías se acercaron lentos, y mirando llegaron a ver un movimiento, y mirando la
nave, enfocando con los faros del coche, llegaron a ver un hueco en el muro, unos
escombros en el suelo.
Bajaron del vehículo gritando hacia ellos, alto¡ alto¡ policía ¡ policía¡, alto¡ Deteneros ¡
El coche ya estaba en marcha, y a los guardias les era imposible llegar ni corriendo,
atravesar las dos parcelas abancaladas, que los separaban del auto allá abajo.
Entonces , para dar un falsa pista, para despistar a los polis, para engañarlos y encaminarlos, antes de irse, antes de entrar en el coche, el muy
canalla de Sapo gritó : ¡Flaco, vete¡, ¡ Flaco, que vienen ¡

1 comentario to “Tipo Flaco, segunda entrega”

  1. Mi caso » Tipo flaco, parte Iel 31 Oct 2007 a las 18:42

    […] Segunda entrega […]

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