Cansado por el peso de los avatares y las contrariedades de la convivencia me decaigo algunas veces, me dan ganas de irme, salir, olvidar un tiempo, sumergirme en un largo sueño reparador.
Pienso si me gustaría dormirme por espacio de diez años, que cuando despertara mis hijos mayores ya estuviesen casados, incluso con hijos, y con su vida encaminada; mis pequeños con sus títulos en casa, la universidad terminada o el oficio aprendido. Abrir los ojos y verlos contentos esperándome pegados a la cama, con los ojos serenos, llenos de las riquezas armónicas que da la vida, contentos independientemente de tener o no tener su auto listo, el trabajo encarrilado o el lugar donde habiten. Mirándome sorprendidos llamándome ” Papá, papá despierta” , ” eh, ¿ no nos oyes?” , ¡eh papá despierta¡, mientras yo pudiese verlos sin saber hablar, ni qué decir, ” Queridos hijos, hola, benditos míos, que suerte veros, ha pasado mucho tiempo…no quiero dormirme más y que os quedéis lejos tantos días…queridos míos…¿ y mamá?…” mamá llegará enseguida te estaba esperando, queda tranquilo está todo bien…sólo queremos eso papá, que no estés ajeno a nosotros tanto tiempo”.
Quizá entonces me diese horror esos años dormido sin haberlos visto y acompañado aquí o allí, tantos días que me necesitaron y no me tuvieron, tantas preguntas que hacerme y no pudieron. Y yo, tantas maravillas, tan distanciado, tantas alegrías perdidas, tantos desayunos sin su compañía, tanto amor dejado a un lado del camino, como un tesoro abandonado, tanto afecto perdido que no sé si me perdonaría haber tenido esa ilusión, ese sueño tan largo.